"Laodicea"
significa "el juicio del pueblo," o según Cruden, "un pueblo justo." El
mensaje dirigido a esta iglesia presenta las escenas finales del tiempo
de gracia. Revela un plazo de juicio. Es la última etapa de la iglesia.
El mensaje del Señor a Laodicea es una queja amorosa a una
iglesia que ayer caminó con su Señor, pero que hoy le ha alejado de sí.
A diferencia de todas las otras, Laodicea no recibe ninguna
palabra de reconocimiento. Sin embargo, tal vez por esta razón, se
encuentran, de parte del Señor, palabras más tiernas y maravillosas que
en las demás; palabras de comprensión y dulzura.
El Mensaje de Dios a la Iglesia de Laodicea
Apocalipsis 3: 14-22
Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí dice el
Amén, el testigo riel y verdadero, el principio de la creación de Dios:
Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. ¡Ojalá fueses
frío, o caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te
vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido,
y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un
cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo; yo te amonesto que de mi
compres oro afinado en fuego, para que seas hecho rico, y seas vestido
de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu
desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y
castigo a todos los que amo: sé pues celoso, y arrepiéntete. He aquí,
yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la
puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere,
yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y
me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que
el Espíritu dice a las iglesias.
La iglesia de Laodicea
"Laodicea" significa "el juicio del pueblo," o según Cruden, "un
pueblo justo." El mensaje dirigido a esta iglesia presenta las escenas
finales del tiempo de gracia. Revela un plazo de juicio.
Es la última etapa de la iglesia. Por consiguiente se aplica
a los que han creído en el mensaje del tercer ángel, el último mensaje
de misericordia que se proclame antes de la venida de Cristo.
(Apocalipsis 14:9-14.) Mientras se realiza la obra del gran día Je
expiación, y progresa el juicio investigador referente a la casa de
Dios, hay un período durante el cual la iglesia que aguarda, observa
como regla de vida la santa y justa ley de Dios.
"He aquí dice el Amén."
Este es pues el mensaje final dirigido a las iglesias antes del fin del tiempo de gracia.
La descripción que se hace de los indiferentes miembros de Laodicea
es sorprendente y terrible. Sin embargo, es innegable, porque el
Testigo es "fiel y verdadero." Además, es el "principio de la creación
de Dios." Basados en este lenguaje, algunos han intentado sostener el
error de que Cristo es un ser creado, cuya existencia es anterior a la
de cualquier otro ser o cosa creada, es decir que sigue en orden al
Dios eterno y existente de por sí. Pero el lenguaje no implica que
fuera creado; porque las palabras "el principio de la creación" pueden
significar simplemente que hablando estrictamente él inició la obra de
la creación. "Sin él nada de lo que es hecho, fue hecho." Pero otros,
parece con más propiedad, interpretan la palabra arché como
significando el "agente" o "causa eficiente," que es una de las
definiciones de la palabra, y entienden que Cristo es el agente por
medio del cual Dios creó todas las cosas.
La causa de queja.
La acusación presentada contra los laodicenses es que son tibios, ni
fríos ni calientes. Carecen de aquel fervor religioso y de aquella
devoción exigidas por su situación en el momento final de la historia
del mundo y por el hecho de que resplandece la luz de la profecía sobre
su senda. Esta tibieza se demuestra por la falta de buenas obras,
porque es el conocimiento de sus obras lo que induce al Testigo fiel y
verdadero a presentar esta terrible acusación contra ellos.
"¡Ojalá fueses frío, o caliente!"
En este mensaje se presentan tres condiciones espirituales: la fría,
la tibia y la caliente. Es importante determinar qué representa cada
condición, a fin de precavernos contra las conclusiones erróneas. Se
han de considerar tres condiciones espirituales que afectan a la
iglesia y no al mundo. No es difícil concebir lo que significa el
término "caliente."
En seguida la mente evoca un estado de celo intenso, cuando todos
los afectos, elevados a la mayor tensión, se encauzan hacia Dios y su
causa, y se manifiestan en las obras correspondientes. Ser tibio es
carecer de ese celo, es estar en una condición en que falta fervor en
el corazón, en que no hay abnegación, no se lleva cruz alguna, no se
testifica resueltamente por Cristo, y ninguna agresión valiente
mantiene brillante la armadura. Lo peor de todo es que implica completa
satisfacción con esa condición.
Cuando un hombre siente que le falta algo y lo desea, se
esforzará por obtenerlo. El rasgo más desalentador de los tibios es que
no sienten falta ni necesidad de algo.
Resulta pues fácil comprender por qué nuestro Señor preferiría ver a
su iglesia en una condición de frialdad incómoda, más bien que en una
condición de cómoda tibieza indiferente y fácil. La persona no quedará
mucho tiempo fría. Sus esfuerzos no tardarán en conducirla a una
condición férvida. Pero si es tibia, corre el peligro de permanecer así
hasta que el Testigo fiel y veraz se vea obligado a rechazarla como
causa de náuseas y repugnancia.
"Te vomitaré de mi boca"
Aquí la figura se lleva más adelante, y el rechazamiento de los
tibios queda expresado por las náuseas que ocasiona el agua tibia. Esto
significa un rechazamiento final, una completa separación de su iglesia.
"Rico, y estoy enriquecido."
Así piensan los laodicenses que es su condición. No son
hipócritas, porque no saben que son pobres, miserables, ciegos y
desnudos.
La amonestación
"De mí compres," dice el verdadero Testigo, "oro afinado en fuego,
para que seas hecho rico, y seas vestido de vestiduras blancas; . . . y
unge tus ojos con colirio, para que veas." Esto muestra en seguida a
los engañados laodicenses las cosas de que carecen, y el grado de su
indigencia. Les muestra también dónde pueden obtener aquellas cosas en
que son tan terriblemente pobres, y les presenta la necesidad de
obtenerlas rápidamente. El caso es tan urgente que nuestro gran Abogado
ante el tribunal celestial nos envía un consejo especial al respecto.
El hecho de que el que ha condescendido a señalarnos nuestras faltas
y a aconsejarnos lo que hemos de comprar es el que tiene estas cosas
para otorgárnoslas y nos invita a pedírselas, es la mejor garantía
posible de que nuestra solicitud será aceptada y nos será concedido lo
que pidamos.
"Oro afinado en fuego."
El oro, considerado literalmente, es un sustantivo que abarca todos
los bienes y riquezas del mundo. Figurativamente, debe denotar lo que
constituye las riquezas espirituales. ¿Qué gracia, pues, representa el
oro? Indudablemente no es una sola la gracia que responde al sentido
completo de ese término. El Señor dijo a la iglesia de Smirna que él
conocía su pobreza, pero que era rica. Ese testimonio demuestra que sus
riquezas consistían en aquello cuya posesión iban a recibir finalmente
sus miembros con la corona de la vida.
No hay cosa que agotará más pronto las fuentes de la
espiritualidad y nos hundirá en completa pobreza con referencia a las
cosas del reino de Dios, como el dejar que se apague la fe y penetre la
incredulidad en el corazón. Para que agrade a los ojos de Dios, toda
acción debe ser inspirada por la fe. Al venir a él, lo primero que
necesitamos hacer es creer que él existe. Somos salvos por la fe como
principal agente de la gracia que es el don de Dios. (Hebreos 11:6;
Efesios 2:8.)
De esto se desprende que la fe es el elemento principal de la
riqueza espiritual. Pero si, como ya se ha observado, ninguna gracia
única puede responder al significado completo del término "oro," es
indudable que deben incluirse otras cosas con la fe. "La fe es la
sustancia de las cosas que se esperan." De ahí que la esperanza
acompañe inseparablemente a la fe. (Hebreos 11:1; Romanos 8:24, 25.)
Pablo nos dice, además, que la fe obra por amor, y nos habla en otro
lugar de ser "ricos en buenas obras." (Gálatas 5:6; 1 Timoteo 6:18.) Es
decir que el amor no puede separarse de la fe. Encontramos por lo tanto
que las tres cosas son asociadas por Pablo en 1 de Corintios 13: la fe,
la esperanza y la caridad (o amor); pero la mayor es la caridad, que es
"rica en buenas obras." Tal es el oro probado por fuego que se nos
aconseja que compremos.
"Vestiduras blancas."
Acerca de este punto no parece que haya lugar a mucha controversia.
Unos pocos pasajes nos proporcionarán la clave para comprender esta
expresión. Dice el profeta que "todas nuestras justicias [son] como
trapo de inmundicia." (Isaías 64:6.) Se nos aconseja que compremos lo
opuesto de los trapos de inmundicia, a saber una vestidura completa y
sin mancha. Se emplea la misma figura en Zacarías 3:3, 4, y Juan, en
Apocalipsis 19:8, dice claramente que "el lino fino son las
justificaciones de los santos."
El colirio
Es más fácil que haya diversidad de opinión en. cuanto al colirio
que con respecto a la vestidura blanca. El ungimiento de los ojos no se
ha de tomar ciertamente en sentido literal, porque se alude aquí a
cosas espirituales. El colirio debe denotar algo que vivifique nuestro
discernimiento espiritual. La Palabra de Dios nos revela un solo agente
que realice esto, a saber el Espíritu Santo. En Hechos 10:38, leemos
que en "cuanto a Jesús de Nazaret; . . . le ungió Dios de Espíritu
Santo." El mismo autor que nos transmitió la revelación de Jesucristo
que estamos estudiando, escribió como sigue a la iglesia en su primera
epístola:
"Mas vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las
cosas. . . . Pero la unción que vosotros habéis recibido de él, mora en
vosotros, y no tenéis necesidad que ninguno os enseñe; mas como la
unción misma os enseña de todas cosas, y es verdadera, y no es mentira,
así como os ha enseñado, perseveraréis en él." (1 Juan 2:20, 27.) Si
recurrimos a su Evangelio, descubrimos que la obra que Juan presenta
aquí como realizada por la unción es exactamente la misma que allí
atribuye al Espíritu Santo. "El Consolador, el Espíritu Santo,
al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas,
y os recordará todas las cosas que os he dicho." (Juan 14:26. Véase también Juan 16:13.)
La prueba del amor
Por extraño que parezca, el castigo es la prueba del amor. "Yo reprendo y castigo a todos los que amo."
Si somos sin castigo, no somos hijos. (Hebreos 12:8.) Dice Augusto C.
Thompson: "Aquí se presenta una ley general de su misericordiosa
economía. . . . Como en cierta medida todos necesitan castigo, todos lo
reciben en cierta medida, y así tienen pruebas del afecto del Salvador.
Esta es una lección difícil de aprender, y los creyentes son alumnos
tardos; sin embargo hay aquí y allá en toda la Palabra de Dios y su
providencia, demostraciones de que las pruebas son bendiciones suyas, y
de que ningún hijo escapa a la vara. Los bloques incorregiblemente mal
formados y de grosera contextura son retocados, mientras que los
escogidos para la gloriosa estructura son sometidos al cincel y el
martillo. No hay en la vid verdadera racimo que no deba pasar por el
lagar.
'Por mi parte–dijo un antiguo teólogo en gran aflicción,–bendigo a
Dios porque en esta airada dispensación suya he observado y sentido
tanta misericordia que estoy casi transportado. Me agrada por cierto
pensar en cuán infinitamente dulces serán sus misericordias, cuando son
tan misericordiosos sus juicios.' Por lo tanto, en vista del origen y
designio de los castigos que recibes; 'Sé pues celoso, y arrepiéntete.'
No pierdas tiempo; no pierdas un solo golpe de la vara, sino
arrepiéntete en seguida. Sé ferviente en espíritu. Esta es la primera
aplicación del estímulo." 1
Sé celoso y arrepiéntete
Aunque, como ya lo hemos visto, la condición representada por la
frialdad es preferible a la tibieza, no es el estado en el cual nuestro
Señor desea encontrarnos. Nunca se nos exhortó a procurar ese estado.
Hay otro mucho mejor que se nos aconseja alcanzar; a saber el de ser
celosos, fervientes, con corazón ardiente, sirviendo a nuestro Maestro.
Cristo llama a la puerta
"Este es el corazón de los corazones–dice Augusto C. Thompson.–A
pesar de la actitud ofensiva de ellos y a pesar de su carácter
desagradable, siente él tanto amor por sus almas que se humilla a
solicitar el privilegio de hacerlas bienaventuradas. 'He aquí, yo estoy
a la puerta y llamo.' ¿Por qué llama? No porque esté sin hogar en otra
parte. . . . Entre las mansiones de la casa de su Padre no hay una sola
entrada cerrada para él. En la gloria, él es la vida de todo corazón,
la luz de todo ojo, el canto de toda lengua. Pero él va de puerta en
puerta por Laodicea. Se detiene ante cada una y llama, porque vino a
buscar y salvar lo que se había perdido, porque no puede renunciar al
propósito de comunicar vida eterna a cuantos le haya dado el Padre, y
porque no puede ser conocido por los comensales a menos que le abran la
puerta y le den la bienvenida.
¿Compraste un terreno, o cinco yuntas de bueyes, y, teniendo el
sombrero en la mano, ruegas que se te excuse? El llama y llama. Pero no
puedes recibir visitas ahora; te ha dejado agotado tu trabajo; te has
acomodado en el sofá, y mandas decir que estás ocupado. El llama y
llama. . . . Es la hora de la reunión de oración . . . o tienes
oportunidad de hacer una visita cristiana a una persona o a una
familia; pero no te mueves. . . . ¡Oh nauseabunda tibieza! ¡Oh fatal
mundanalidad! El Señor de la gloria recorre todo el trayecto desde su
palacio celestial, viene con pobreza, sudor y sangre, a la puerta de
quien profesa ser su amigo, que se lo debe todo, y no puede entrar.
Viene a rescatar un hombre cuya casa está incendiada, y él no quiere
darle entrada. ¡Oh cuánta altura y profundidad tiene la paciencia de
Jesucristo! Hasta el pagano Publio recibió a Pablo, y lo alojó
cortésmente tres días. ¿Dirán los cristianos nominales al Señor de los
apóstoles que no tienen lugar para él?" 2
"Si alguno oyere mi voz."
El Señor ruega, pues, mientras llama. La palabra "si" implica que
algunos no querrán oír. Aunque él está a la puerta y llama, algunos
cerrarán sus oídos para no oír sus tiernas súplicas. Pero no basta oír
simplemente. Debemos abrir la puerta. Muchos de los que al principio
oyen su voz, y por un tiempo se sienten inclinados a escucharla, dejan
finalmente de hacer lo que es necesario para asegurarse la comunión del
Huésped celestial.
Luego viene la promesa
"Entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo." ¡Cuán enérgica y
conmovedora es la figura! ¡Un amigo participa con otro de una comida
alegre y sociable! Los dos espíritus sostienen una conversación libre e
íntima. ¡Qué festín debe ser tener al Rey de gloria como huésped! [No
es una unión común, ni una bendición ordinaria o un privilegio usual lo
que denota este lenguaje! ¿Quién puede permanecer indiferente frente a
tan tierna súplica y tan misericordiosa promesa?
Ni siquiera se nos pide que pongamos la mesa para ese Huésped
exaltado. De esto se encarga él mismo, no con el alimento grosero de la
tierra, sino con viandas de su propio alfolí celestial. Nos ofrece
gustos anticipados de la gloria que pronto revelará. Nos da arras de
nuestra herencia futura, que es incorruptible, incontaminada e
inmarcesible. En verdad, cuando cumplamos las condiciones y recibamos
esta promesa, experimentaremos el nacimiento del lucero de la mañana en
nuestros corazones, y contemplaremos el alba de una gloriosa mañana
para la iglesia de Dios.
La promesa al vencedor
El Señor hace la promesa de cenar con sus discípulos antes de
expresar la promesa final al vencedor. Esto demuestra que las
bendiciones incluídas en esa promesa se han de disfrutar durante el
tiempo de gracia y prueba. Ahora se añade a todas las demás promesas
ésta dirigida al vencedor: "Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono."
Con esto culminan las promesas del Señor. Después de haber sido al
principio rebelde, luego caído, degradado y contaminado, el hombre es
reconciliado con Dios por la obra del Redentor. Es purificado de sus
contaminaciones, redimido de la caída, hecho inmortal y finalmente
elevado a un sitio sobre el trono de su Salvador. No pueden ir más
lejos los honores ni la exaltación. Las mentes humanas no pueden
concebir ese estado, ni puede describirlo su lenguaje. obra sacerdotal
de Cristo en favor del hombre arrepentido] será entre ambos a dos."
(Zacarías 6:12, 13.)
Pero llega el momento en que deberá cambiar de posición, y
dejando el trono de su Padre asumirá el suyo propio. Esto sucederá
cuando llegue el momento de dar la recompensa a los vencedores, porque
cuando ellos la reciban se sentarán con Cristo en su trono, como él
venció y está ahora sentado con el Padre en su trono.